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22 de enero de 2018
Un kiosco, un modelo de cultura al éxito.
Vende más barato, hace sorteos y hasta conoce por su nombre a los clientes, que dejan mensajes de amor escritos en una pizarra. Ejemplo para desarrollar un negocio exitoso.

La relación de amor entre un kiosquero y sus clientes es un tópico poco explorado y explotado en el rubro. Se sabe que la seducción entre hombres y mujeres, con sus bifurcaciones, claro, no es la única preferencia que existe entre seres humanos.

Esta es la historia, que existe en el mundo real de un Maxikiosco del gran Buenos Aires, donde un cartel que está afuera y desborda de dedicatorias dice “Dos años juntos”, ¡ahí se acumulan firmas que apoyan al kiosquero “aguante por tener este kiosco en el barrio” o “gracias por bancarme” o una tal Lili pone un enfático “te quiero mucho!!!”

Nos cuenta el kiosquero: cuando llegué a este barrio en este kiosco encontré de todo, sobre todo mucho afecto, hay amor. Esos amores materiales, tan parecidos a los de la vida misma.

“Lo que pasa en este kiosco es que se inauguró en febrero. En febrero nació mi hijo. Es una fecha mágica y sigue con el poema que puso en la puerta y continúa con los sueños. Ese dibujo – señala un sol, unas escaleras – fue un sueño que tuve”.

¿Amar un kiosco es la última perversión al capitalismo? Aunque en el barrio juran que este inexplicable cariño empezó mucho antes de la debacle económica, los que escribimos tenemos la obligación de desinflar héroes y tabúes. Como sea, te enseñaron que los cuerpos actúan a través de un alma.

“A mí me gusta escribir sobre la determinación”, “Tengo otros poemas en casa. ¿Sabías que el 99 por ciento de las cosas están al alcance de la mano y no lo sabemos? Lo mío es simple, se llama fuerza diaria”. “En casa tengo un pequeño jardín”. “El jardín no me lo toca nadie. Es mi retiro espiritual, y trato de trasladarlo al kiosco y hacer un jardín dulce”. Él sabe que viene de otro palo. En la entrada pegó el poema Destinos Inciertos. Un verso: las verdades son variadas, las opciones, demasiadas.

Antes de hablar con los proveedores, escribió su escurridizo manifiesto y lo estampó en la puerta. Allí, y a su modo, describe con palabras y dibujos como es su encuentro con el otro mediante la cultura del oficio. Un psicólogo amigo se para frente al kiosco y pone en su cuaderno: las escaleras – por el dibujo – son para subir, nunca para bajar. Siempre son escaleras al cielo, nunca al infierno porque el gran tema de la civilización es ascender. Los edificios tienen ascensores, no descensores.

Un comerciante, otro, también kiosquero, es arrastrado hasta el local para que aporte su punto de vista. “No entiendo nada”, dice, “para mí que el muchacho es del Centro Cristiano de Fe y Milagros. Miralo, sólo le falta poner amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Y si dimos con el verdadero espíritu comercial?

“La autonomía es lo que me permite hacer las cosas a mí manera. Donde pongo una semilla sé que va a crecer un árbol. El kiosco es mi casa. Me paso 15 horas acá adentro. Si me preguntas qué hago para acercarme a la gente, pero qué hago concretamente, te contesto que trato al cliente como si en vez de ser habitante de una ciudad fuera habitante de un pueblo. ¿Más claro? Hago sorteos, los conozco por los nombres, vendo la gaseosa más barata del barrio... Si fuera colchonero, ferretero, repositor de cueritos, lo que sea, no cambiaría nada. Lo que importa es la impronta de uno. Yo me hago tiempo, sé escuchar, el kiosquero es un poco un psicólogo. Cuando cumplí las cien mil ventas, cumplí las cien mil gracias. Sí, soy un agradecido total”.

Ahora el testimonio de una vecina que cometió “adulterio comercial” y por eso prefiere mantener su nombre en reserva: “Iba a un kiosco de (la avenida) que me queda más cerca, pero dejé de comprar allí porque había cartelitos que decían ‘no cargamos tarjeta SUBE’, ‘no tenemos cambio’, ‘no hay monedas’. Muy negativo todo, nada que ver con la onda de este Maxikiosco”

Amigo comerciante, este es un pequeño ejemplo de esta ciudad de cemento, tratemos de diferenciarnos, ahí esta la llave del éxito.

 

 



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